Magnetismo solar
Érase una vez una inmensa bola gaseosa muy caliente llamada Sol. En sus profundidades vivía el plasma, inquieto y poderoso. Su misión era transportar la energía desde el interior hasta la superficie. Subía en enormes corrientes y, en su ascenso, arrastraba consigo unos finos hilos invisibles: las líneas del campo magnético.
—Yo soy el más fuerte —decía el plasma—. Todo se mueve porque yo lo empujo.
Y en las profundidades tenía razón. Pero cuando aquellos hilos llegaban a la superficie y se concentraban, se volvían cada vez más poderosos. En algunos lugares conseguían frenar las corrientes ascendentes del plasma, que se enfriaba y perdía parte de su brillo.
—Aquí mando yo —respondía el magnetismo.
Y así nacían las manchas solares, regiones más oscuras donde el calor tenía más difícil llegar. Más arriba, en la cromosfera, el plasma se volvía ligero y débil. Entonces las líneas magnéticas tomaban el control y obligaban al plasma a seguir sus caminos invisibles, formando arcos y chorros de plasma caliente.
Mientras tanto, el plasma seguía empujando desde abajo, retorciendo aquellas líneas magnéticas. La tensión crecía y crecía hasta que, de repente, el campo magnético se reorganizaba violentamente. Entonces el Sol estallaba en una fulguración o lanzaba una gigantesca nube de plasma al espacio. Y así, día tras día, el plasma y el magnetismo continuaban su antigua rivalidad. Ninguno vencía para siempre, porque el Sol vivía precisamente de su lucha.

